Me lo deben

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El otro día circuló por las RRSS un texto de broma que llevaba por título: “me lo deben”.

Con un lenguaje propio de teletienda norteamericana proponía la venta de un pack por 199 euros de los servicios jurídicos para reclamar de todo: desde la recuperación de la dignidad de esa bisabuela doncella que se había beneficiado el señorito, a un reparación de ultraje cometida por algún soldado de Fernando VII a un antepasado. El texto, ya digo, era de coña, pero reflejaba a las mil maravillas el tiempo que vivimos.

La idea “tengo derechos” jamás había calado tanto y tan bien como actualmente. Porque una cosa es tener derechos y otra diferente considerar que a todo tienes derecho. Y no es ninguna casualidad que así sea. Las cosas no suceden jamás por generación espontánea y esto no se escapa tampoco. Digamos que el proceso arranca en los ochenta del siglo pasado cuando nacieron las criaturas que hoy están por debajo de los cuarenta años y que son, sin duda, el grueso de población joven y que propiamente tiene afín esta idea. En los ochenta pasaron dos cosas dignas a tener en cuenta en cuanto a la manera de formar individuos: entrada, ahora sí ya masiva, de la mujer en el mundo laboral (lo de los sesenta fue más bien testimonial), y boom económico. Si alguien está pensando que desprecio la incorporación de la mujer al mundo laboral adolece de otro mal signo de la época: la mala comprensión lectora. Que las mujeres trabajemos no es solo es bueno sino que, además, es necesario. Pero no podemos ser ciegos e ignorar que no estar en casa cuando los niños vuelven del colegio tiene también su parte negativa. Se educan de otra manera y diría que se educan peor. Y no hay que tener miedo a reconocerlo. Esto no implica tener que dejar de trabajar sino más bien tener horarios muchísimo más razonables (tarea perdida en nuestra cultura donde salir a las 17.00 de trabajar se considera de vagos).

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Pueden decir que los padres (hombres) llevan haciendo eso toda la vida y tienen razón pero no se trata de igualar por abajo y de establecer quién lo hace peor, sino ver qué podemos hacer para mejorar. Que los niños necesitan a su madre mejor que a su cuidadora o a la abuela, es algo que debería formar parte del sentido común.

La otra parte del boom económico tiene también un peso específico considerable. Seamos honestos, las penas con pan son menos penas. Y si podemos sustituir tiempo/sentimiento por cosas nos vamos a sentir menos mal. Lo que no implica necesariamente que eso sea lo correcto. De hecho es un concepto equivocado pero que todos tendemos a caer en él. Ayer me fui a una reunión y a duras penas me arranqué de la pierna a Mofletes Prietos (4) con la promesa de que volvería pronto y, además, con una bolsa de chuches. ¡Qué mal!, ¿verdad? Para compensarte la falta de tiempo te traigo algo que, encima, sienta las bases para que seas una obesa. En lugar de hacer la promesa de doble tiempo en la piscina. Por ejemplo.

Creo sinceramente que estas dos circunstancias mezcladas con una sensación de falsas libertades han hecho el mejor caldo de cultivo para generar la generación más demanding de derechos, con cero asunción de responsabilidades y cuya zona de confort es sentirse permanentemente tutelado. ya sea por la familia o, en su defecto, por el Estado. En forma de ayudas, lógicamente. Porque tengo derechos. Porque me lo deben. Estamos en la época dorada del narcisismo, del culto a lo fácil y a lo rápido, el low cost triunfa en todos los aspectos de la vida. Si a todo esto le añades las corrientes pedagógicas que promueven el cero esfuerzo, no traumatizar al niño, no hacerle repetir, que sea sobre todo feliz en clase…el batiburrillo es esto que les comento. Me lo deben, tengo derecho. 

¿Ustedes nunca han escuchado la frase “es que tengo derecho a tener una casa”? Hombre, pues sí pero si te la pagas. Porque a veces a esta gente se le olvida que los que ponen el dinero y el trabajo para construir esa casa, ¡es que también comen y tienen derechos! Que no se construyen las casas por generación espontánea. Obviamente el Estado debe velar porque existan posibilidades de que haya precios asequibles en el mercado pero es que es el propio mercado el que facilita todo esto por la cuenta que le trae. Es importante recordar que cuanto más se meta el Estado más tutelados estarán los ciudadanos, empezando por la tutela de sus bolsillos vía impositiva, ¿a qué sí, Montoro? Porque eso es algo que también en esta generación se olvida con suma facilidad: que no existen las cosas gratis. No las materiales, al menos. Un concepto tan claro como: “todo aquello que tú no pagas es porque alguien lo está pagando” a muchos jóvenes les cuesta asumirlo.

chiste3Con el tema de la universidad pasa exactamente lo mismo. Cada vez que sale a colación el tema de las tasas universitarias se constata de nuevo la manipulación de los medios y cómo cala el mensaje que busca arengar a la masa pero no a que se espabile y sea más competitiva, ¡qué va! Los arenga para que tengan, cada vez más, cultura de barricada. Unas tasas que, pagadas de forma prorrateada durante diez meses (y eso puede hacerse), no llegan a los 100 euros. Sí, ya sé que hay familias que viven con 400 euros. Pero también sé que un joven de 20 años se puede sacar con la gorra 100 euros al mes haciendo trabajillos tipo: pasear perros, cuidar niños, lavar coches, recoger copas o ponerlas…en fin lo que hemos hecho todos. Yo en la facultad ganaba 50.000 pesetas al mes. Eso sí, para ganar ese dinero tenía que pringar de 17.00 a 21.00 cuidando a unos niños. ¿Y estudiar? Pues al llegar a casa, o al mediodía, o en la biblioteca si tenía una hora libre…Obviamente es muchísimo más sencillo reclamar que el Estado te lo debe obviando lo siguiente:

-El Estado ya te paga el 80% restante de los estudios.

-El Estado no emite una moneda especial que se llama universitas para pagar tus tasas y a los profesores que te dan clase y mantienen las facultades, el Estado lo saca del dinero de los ciudadanos. Vía impuestos. No es gratis.

En el caso de la polémica de las tasas universitarias es sangrante y ha calado de tal manera el “tengo derechos” que se ha obviado, la segunda parte de la premisa: sí, los tienes pero cumpliendo unas obligaciones. Muchos de los que reclaman tales derechos como algo inherente a su cuerpo después no cumplen los mínimos para pasar de curso, es más, muchos ni siquiera llegan al mínimo ni para acceder a la carrera universitaria. Por ejemplo. Hablamos de la cara dura de los políticos y obviamos muchísimas veces que los ciudadanos también tenemos responsabilidades, no solo derechos. En este tema de acceso por nota también ha calado muchísimo el concepto de la igualdad. Tenemos igualdad de derechos pero no es cierto que todos seamos iguales ni tiene que ser justo que tenga idéntico derecho a entrar en medicina el que se esfuerza que el que repite curso (que cuesta dinero, por cierto) Premiar el esfuerzo no debe ser despreciado. Esto es lo que marca también que un juez gane más dinero que un cajero de supermercado. Sin despreciar a este último no podemos olvidar que acceder a ser juez lleva detrás muchos años de esfuerzo y estudio. Ser cajero, no. De hecho se puede compatibilizar con estudiar. Y nadie debería tener pudor a la hora de reconocerlo. La excelencia cuesta. Por eso pagamos más en un hotel de 5 estrellas que mira al mar que en una pensión de una estrella con patio interior. Sentirse ofendido por ello ni es justo ni es real.

Esa idea es la que por ejemplo también cala en el momento de acceder a la vida adulta, es decir en el trabajo. Una cosa es reclamar los derechos como trabajadores (horarios, vacaciones, bajas por enfermedad, prestación por maternidad, derecho a paro…)  y otra muy diferente es pretender que una empresa te solucione la vida. Y eso, se hace.

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Si a todo esto se le unen las campañas de marketing despiadadas donde se anima a la gente a seguir en esa senda de no esfuerzo, no sacrificio, y sí exigencia de todo, ofrece como resultado la sociedad tan profundamente narcisista e histérica en la que estamos inmersos. Gente profundamente infeliz, que llena sus horas muertas en programas también de low cost intelectual y una generación ya perdida para siempre (les pilló, además, una de las peores crisis y, además, sin valores) que no solamente es profundamente inculta, es que además, es exageradamente demandante en sus criterios, que lo quiere todo aquí y ahora. Que sigue la máxima de que es mejor pedir perdón que pedir permiso. ¿Cómo? Sí, y también que quiere que alguien, no se sabe quién, les venga y les resuelva la papeleta. No sé si son Ni-nis pero tienen una vida laboral y un futuro ciertamente incierto. 

Leo hoy una noticia que dice que la mayoría de los españoles acepta al Gestación Subrogada. Bueno, eso es también un producto más de lo que estoy narrando. ¿Quieres algo? ¿Tienes dinero para comprarlo? Y si no lo tienes, da igual, nosotros te lo financiamos (por increíble que parezca hay mucha gente que se cree que un préstamo es gratis y es la gente que luego brama contra el capitalismo y los bancos). Me juego el cuello a que la mayoría de las personas que aceptan la GS no han indagado nada sobre las consecuencias biológicas que tiene y que no son gratuitas. Y si lo han hecho prefieren obviarlo. Total, ¿para qué leerlas, verdad? ¿Se han molestado en leer los comentarios en redes sociales, por ejemplo, de quienes defienden a algún famoso de turno por haber tenido hijos por ese método? Son para llorar, en primer lugar por la ortografía (en el país de la educación “gratuita” y del “no vamos a suspender para no traumatizar”) el nivel de cómo la gente escribe es ciertamente preocupante, pero en segundo lugar los argumentos son también tremendos: dejad que la gente haga lo que quiera (sí, claro, pasando por encima de los derechos ajenos), ella tiene derecho a ser madre (ya volvemos con el Tengo derechos), si tiene dinero pues para eso lo gana, si puedes comprar una cosa, ¿por qué no vas a hacerlo?, salvo que esto no es una cosa, es una persona.

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En fin hay miles de ejemplos pero básicamente comparen ustedes cómo hemos cambiado en apenas 60 años. Si bien es cierto que ahora tenemos muchísimas cosas mejores con respecto a antes, no es menos real que la sociedad ha experimentado un profundo cambio en cuanto a su madurez. Hoy se es eternamente joven hasta los 40. No es una casualidad que los tratamientos de FIV sean ahora un pingüe negocio. ¿Cómo vamos a ser padres con 35 si los fines de semana lo que a mí me gusta es salir hasta las 8? No digo que lo seamos como lo fueron los nuestros pero quizás con 28 o 30…

Muchos dirán que no es una cuestión única y exclusivamente de salir por la noche. Lo sé. También es porque no hay acceso al mercado laboral como antes. ¿Están seguros? Tampoco es menos cierto que ahora hasta que no se tiene la casa (amueblada, por supuesto) y el coche y las vacaciones garantizadas, no se da el paso, no ya de tener hijos, si no de casarse. Y hay algo que a muchos parece que se les olvida: no hay nada garantizado en esta vida. Quizás los funcionarios tengan una seguridad, pero el resto, no. No la tenemos. Y la vida no espera.

¿Se imaginan a su abuelo rechazando un trabajo que no lo considera apto para su formación y prefiriendo tirar de una ayuda? Eso antes era impensable. De las generaciones anteriores se sacan también buenas lecciones y quienes vivieron la guerra y posguerra supieron qué era el sacrificio y el trabajo y la vida dura. No pretendo que eduquemos así a los hijos porque las condiciones son otras pero unos mínimos no nos vendrían nada mal. Cada vez que escribo esto recuerdo mis dos años vendiendo enciclopedias a domicilio porque no encontraba trabajo en lo mío, después de una licenciatura y un máster. Hoy día pocos aceptan trabajos que no solamente no son de lo suyo sino que lo consideran una humillación. Eso sí, estar tirado toda la tarde en un sofá con 32 años cobrando una ayuda y tirando de pensión de los esforzados padres no lo consideran indigno. Bien es verdad que hemos pasado una crisis pero no fue más dura que la de los sesenta o de setenta o ya no digamos que la posguerra. El tema no son las crisis económicas porque vendrán más, de eso que nadie lo dude. El tema es cómo está la población preparada para afrontarla. Con qué medios cuenta para llevarla a cabo y cómo salir de ella. No hace mucho, dos años quizás, una madre del cole de mis hijas me comentó que una de sus alumnas del máster (de periodismo y marketing digital) había rechazado unas prácticas remuneradas de 4 horas al día por 400 euros al mes porque no le encajaban los horarios; es decir, que si aceptaba tenía que comer en el metro todos los días, ¡fíjate qué tragedia! Las prácticas eran en un gigante de la comunicación y la alumna en cuestión tampoco es que fuese una recién licenciada: tenía 28 años.

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Tampoco quiero parecer demasiado pesimista pero las cosas no pintan francamente bien. Y no pintan porque estamos fallando en lo más básico como sociedad. Mala educación y creación de seres humanos con pocos recursos para salir ahí fuera donde no hace tanto calor como en casa. Los padres queremos lo mejor para nuestros hijos, qué duda cabe, pero lo mejor no es tenerlos siempre bajo una protección que no les deje crecer. La dependencia es ideal y lo aconsejable en la infancia. De hecho hemos invertido los papeles y se propugna la independencia cuando son bebés (métodos Estiviles y demás) y luego se les pregunta si quieren filete empanado o sin empanar con 19 años.

Eso sí, en nuestra dejadez de funciones como padres después pedimos reclamaciones al Estado. Y es que parece que no queremos vivir sin estar tutelados. Al fin y al cabo, ¡me lo deben!

One thought on “Me lo deben

  1. Estoy absolutamente de acuerdo.

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