Vacaciones de madre

Hoy me paseo por aquí de puntillas. No es que no tenga tiempo (que para variar no lo tengo) Es que estoy de relax. Verán, en teoría estoy de trabajo pero me estoy relajando a la vez. Me explico. Estoy aquí, en el Sha Wellness Clinic

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Ese ser humano que ven en el agua mirando el cielo y con ese atardecer paradisíaco soy yo. Sí, sí, la misma que se desespera porque doña Tecla no come pescado o porque Mofletes Prietos se despierta por quinta vez en la noche.

Esa señora que (gracias a que sólo se ve una cabeza) parece una modelo de VOGUE, es servidora que, cuando se tiene que relajar, es tan descarada que va y lo hace.

Salí yo de Madrid haciendo pucheros pero pasados 100 kilómetros no había ni rastro, oigan. Que yo quiero mucho a mis hijas y mi marido sigue molándome (mucho) y esas cosas pero, de vez en cuando, estas cosas que la vida te ofrece se deben (se pueden) vivir sola.

Hoy está tocando día dura de trabajo (una producción de belleza con sus modelos, fotógrafos, estilistas y demás, todo ideal) pero la tarde de ayer, señores, esa tarde de ayer fue la bomba.

Les cuento:

Subir a la habitación, ponernos los albornoces y bajar a la piscina para desarrollar la noble tarea de no hacer NA-DA fue todo uno. Tras el descanso en la hamaca, la ardua labor de poner la mente en blanco y el increíble esfuerzo de mirar hacia el infinito para relajar el estado de ánimo, nos dirigimos a vestirnos a la habitación para reponer fuerzas de nuevo: esto es, irnos a cenar por ahí. La fotógrafa, Esmeralda Martín y moi elegimos cómo destino, Altea. Al llegar allí teníamos que escoger un restaurante y no era fácil, había uno por casi metro cuadrado. Para facilitar la elección nos propusimos los siguientes requisitos:

-Con terraza

-Sin guiris (o si había que estuvieran vestidos)

-Por la misma regla anterior, con gente vestida. Ya saben, decorosa que se tome la molestia de al menos ponerse una camiseta para cenar.

-Sin niños alrededor.

-Que en la fachada del restaurante no hubiese colgadas fotos de los platos para comer.

Y encontramos uno así. Y allí, a la luz de las velas y a falta de los respectivos maromos (que poca falta nos hicieron en honor a la verdad) brindamos por esos pequeños momentos de felicidad que la vida, a veces, te regala y que, qué caramba, sino te los regala uno tiene el deber de buscarlos.

Desoyendo los consejos de vida saludable del lugar que nos aloja, brindamos con burbujas y alcohol (poco, eso sí)

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Una vez terminada la cena nos dimos un voltio mirando el mar y a continuación nos volvimos para irnos a la cama a dormir con una firme promesa: cero interrupciones de infantes en dos kilómetros a la redonda (en este sitio no se permite la entrada a niños para que los clientes, muchos de ellos con duros tratamientos, no vean molestada su paz)

Hablamos de nuestra faceta de madres y también de mujeres. De la conciliación (juas juas juas) y enseguida reparamos que lo mejor de la cena no era ni la comida, ni el sitio, ni siquiera el clima sino poder cenar sin mancharse, sin levantarse cada dos por tres o interrumpida con idéntica frecuencia y, sobre todo,  hablando con un ser humano adulto.

Hoy seguimos trabajando en el mismo lugar y ya no es lo mismo pero miren, la promesa de dormir esta noche otra vez así de plácida y pancha me ponen una sonrisa maliciosa en el rostro. Es más, juraría que tengo un par de arrugas menos en la cara. Claro que con desayunos así, cualquiera afronta un buen día.

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Ah, y muchas gracias al Sha Wellness Clinic por estas maravillosas horas de trabajo-relax

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