Descubrir que tu hija es una macarra

Uno puede esperar de sus hijos todo en la vida. En mi caso, por aquello de que son niñas, que sean muy buenas, listas, obedientes, simpáticas, requete chulas y de tó. Pero no, resulta que además luego viene de serie lo que no te pides. Resulta que doña tecla es una macarra. Sí, sí, de las de armas tomar, para ser más concreta.

Ayer, 13:00, me abre la puerta de la guarde la directora y me dice: ¡Vaya, ya está aquí la mamá de Carmen que menuda mañanita ha dado! Ejem, ejem, entro en el comedor y ahí que me la encuentro con cara de puchero y de no haber roto un plato en su vida, entretenida con el puré de patata que, por supuesto, no se quería comer. ¿Delito cometido? Pues que se pasó la mañana entera empujando a los niños. Y la profe me lo soltó así, sin reservas, delante de los demás niños, circunstancia que, vaya por Dios, la estaba avergonzando en demasía.

Como no quiero ser la típica madre que resta autoridad a los profesores acepté la reprimenda que le hacía pero claro, una tiene su corazón y cuando mi hija hace pucheros yo MA-TO. Así que opté por la vía de enmedio y me senté a su lado a ver si me confesaba motivo para tamaño crimen. Obtuve un empujón, ¿qué me pensaba yo? y un claro: “Tú, mal” Menuda tela. Y encima sin super nany.

Mantuve la calma que cuando quiero yo también sé ser digna. Le di la razón a la profe y nos fuimos con la promesa de que caería charleta. Y cayó. Tanto es así que hoy la macarra, que también tiene su corazón, según se abrió la puerta del centro allá que fue a darle un abrazo a su profe con la promesa de no volver a hacerlo. Y decirles que muy sentida también es que ayer tarde, a todo el que le quiso escuchar, le contó lo muy enfadada que estaba su profe por cómo empujaba ella a los niños. Eso sí, con mi traducción simultánea.

Macarra es, eso no lo vamos a discutir, pero sentida también.

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